Sauce

Sauce

Noé es un pescador artesanal de San José. Sus primeras palabras, al subirse a la tarima con tres micrófonos, es que tal vez no le den los tres minutos para hablar. En el público, de unos cientos, una tímida sonrisa responde.

Cuenta que el agua está contaminada y que cierta cianobacteria le saca su trabajo. Por causa de una sustancia llamada “glifosato” que proviene de las fumigaciones de las plantaciones de soja transgénica. O “T” como dictan los presurosos carteles.

Es la deriva, un viento que sopla en una dirección desacertada y cae sobre las hortalizas, las escuelas rurales, las casas de familia, los viñedos, los panales, los arroyos. Es también la razón que los reúne a todos en el gélido gimnasio BBC de Sauce .

Diversos productores organizan un foro nacional y regional para entablar el lineamiento. La estrategia de la “Comisión por un Canelones sin Soja transgénica y en defensa del Agua”, es mostrar la organización y acumulación que suele faltar en los movimientos sociales del Interior.

Desde Brasil una representante del Movimiento Sin tierra esclarece que se matan a las mujeres para ganarle a los campesinos hombres. Que la guerra por la tierra no es la excepción. Que las milicias se siguen sirviendo del cuerpo de la mujer para ganar la guerra por la tierra. Tierra que hace décadas se encuentra en el centro de la querella económica global.

Desde Colombia se habla de la victoria por el acuífero que el pueblo se disputó con Coca Cola. Desde Valentines, por la tierra que se disputó con Aratirí. Y desde Sauce se habla de la victoria contra la Cementera Artigas S.A por la detención de la cantera en Suárez.

Los oradores tanto Argentinos, que también hablaron de la fuerza cortadora de puentes en Gualeguaychú, como uruguayos se inclinan por el golpe seco de la ternura. Sus palabras, que llaman al público, que toma mate lavado de tantas horas de espera, “vecino”, “hermano”, “compañero”.

Florida se hace presente, también Paysandú y “la academia”. Cuyos nombres son conocidos por los lectores e investigadores de esta temática, Daniel Panario, Pablo Galeano y un, no tan acostumbrado Eduardo Lust.

No hay otro fin que no postergar, lo que cualquier militante de izquierda, derecha, centro, de la 711 o de la 26 de marzo utilizarìa como término “acumulaciòn de fuerzas”. “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”, dicta el homenajeado héroe de la patria detrás de los tres micrófonos y el estrado.

La oratoria advierte cierta franja entre lo metropolitano y lo campesino. Muralla de la que tal vez ciertos empresarios saben desentenderse. La CELTA-Feuu señala que “nuestros compañeros entienden los problemas que mueren en los límites de Montevideo.”

Los precios de la tierra suben. El arrendamiento es una ruta de escape para el pequeño productor o, en casos extremos, la venta. Para los oradores y el público que cantan todos juntos “Cuanto tenga la Tierra” de Mercedes Sosa, el país de las vacas gordas, el de los frigoríficos nacionales y la ganadería extensiva, el de la hortaliza flaca o grande sin tamaño de mercado, el del trato directo entre peón y propietario sino tambalea muere.

En la plaza

La tierra es aquella que en un 1815 formó parte del renombrado “los más pobres serán los más privilegiados” y la insignia de quienes ocupan la plaza de Sauce. En el acto del aniversario del prócer de fortalecimiento dan frente, sin metáforas, a los Blandengues.

La ciudad, de unos estimados 10.000 habitantes, tiene en la entraña de su calle principal el combate más esperado por los concurrentes. “Era un desfile demasiado tranquilo sino”, le dicen a Álvaro Jaume, vocero de la comisión.

Esta vez, como no pasó en anteriores desfiles, los padres ven a sus hijos desfilar por encima de barrotes. Algunos miran sin entusiasmo a los ambientalistas que con sonido de indígena ocupan la plaza a sus espaldas.

Se abre la abertura para los intermediarios. La prensa da notas a los ambientalistas. El silencio no reina en los frentes. Detrás de las vallas las conversaciones son cada vez más apresuradas y bajas.

En el frente ambientalista las pancartas se asoman por encima de los padres y de las vallas que disfrazan a la calle de celda. El frente contrario prefiere no desesperar. Las bocas militares se tuercen con ironía.

En el medio, Yamandú Orsi no mira el centro de la plaza. Marcos Carámbula no divisa a su hijo Matías en el pùblico cercano a la concentración ambientalista. El año anterior, año en que se funda la Comisión, echaron a los pacíficos alborotadores diciéndoles “que tapaban a Artigas”. Hoy la marca es la indiferencia.

Los militares atraviesan el gentío para rendir su homenaje a Artigas. La estatua del prócer aún saluda a Montevideo con galantería. Su sombrero aún está a su lado, tieso en la eternidad del bronce. Los militares forman fila bajo su sombra. A sus pies se desparraman las ofrendas, arreglos florales, que se dejan en la base de ese galante Artigas.

Las pancartas apuntan a los futuros ocupantes del palco. Se entona la “Marcha a Mi Bandera” y los músicos quedan del otro lado de la celda.

Los militares cantan con fervor. Mientras que su mirada adiestrada señala al homenajeado. La indiferencia, ahora, es el arma al otro frente. Acompañados por los neutrales oriundos, que no dejan de entender las bofetadas simbólicas, propagan el silencio.

El saludo se encarna en las diez figuras vestidas de verde oliva. La rectitud y el sol les consumen el rostro de sudor. Termina el cántico y sube el Coronel Guido Manini Ríos. Un solitario chiflido se despierta en el frente ambientalista. Algunos de los neutrales ríen.

Todos vuelven al palco. Los padres miran las palomas encerradas que junto a los impacientes músicos dan por comenzada los compases de la marcha escolar.

Cruzadas

Las calles sauceñas a dos cuadras, enfilando por la ruta 6, se empachan de pedregullo. Una de esas calles, tal vez más larga que la principal, lleva a los citadinos, oriundos, milicias en descanso, camiones y tropas de gauchos posmodernos, al parque de sauce.

La caminera, que lidera el cordel interminable de trotes, exclama“no entiende que estoy laburando, bo”. Detrás galopan los hombres y mujeres montados en caballos. El ritual sauceño del 19 de junio también disfraza a los hombres de gauchos y a las mujeres de china. Sobre el lomo de los caballos descansan las faldas de las mujeres y los palenques de los hombres.

Las cuadrillas son aproximadamente veinte. Con siete u ocho gauchos y chinas que enseñan de qué están hechos. Los gauchos atraviesan con el honor que les han regalado en esta fecha. La fecha de Artigas. La retirada del desfile, hace temblar los caminos y tiñe de orgullo las botas, las bombachas, las boinas y las trenzas.

Con gesto teatral hacen creer que el valor y el coraje atraviesa espesos forrajes o, simplemente, que no todos han caído en una insolente somnolencia al leer “La epopeya de Artigas” de Zorrilla de San Martín. Otros simplemente hacen algo fuera de lo cotidiano: en esta fecha no se permiten atravesar los campos en 4×4.

Cuando el follaje se enverdece, los arbustos espesan y las brisas traen olor a pino. Una de las yeguas tambalea en el pedregullo que parece barro revuelto. “¿Rosita otra vez?”, pregunta un gauchito de ocho años.

El trote sigue, indolente. En la entrada trasera del Parque de Sauce descansa la milicia. Con mates, y también leyendo a espaldas del General los mensajes de su novia, esperan a los que aún no se divisan en el horizonte, los Blandengues a caballo.

Un pequeño pony de un civil de 6 años se cansa. Uno de los soldados saluda y se acerca. Comienza a palmear el cuello del animal. Los gauchos lo miran con recelo, pero las caricias en las crines calman a las bestias.

Un gaucho, que mira con cierto desdén al gauchito, también se detiene a descansar. Tensa el estribo. Su caballo choca, sin mucho impedimento, con el que pasa galopando y sugiere “es muy grande para él”.

Sin mirar el gaucho y su diminutivo se unen al éxodo que está por terminar. Todos desaparecen en la otra entrada del parque por la ruta 33. Los blandengues llegan. Trompetas y trombones desafinados los acompañan.

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