¿Por qué no?

¿Por qué no?

Era el domingo más Tristanero. ¡Qué feria acaparadora de sentidos!  Caminaba y pensaba justamente eso, qué estímulo le resultaba más impactante a mi corporalidad andante y vagante; había una competencia olor/sonido que no desempataba. Sonreía e intentaba no redirigir la receptividad con intencionalidad, serme neutral y vivirme feria.

Dos pibas me dan un papelito y siguen.

El papel dice que la pornografía es la pedagogía de la violación, en un costado hay datos estadísticos, sin referencia alguna. Al otro, una lista de secuelas debido a la adicción al porno (divertido). La flagelación tortuosa la vivencio cuando el sello de “Feministas Radicales” me ayuda a presenciar cómo el pensamiento es sensorial, y trago amargo. Ahora sí, la nube multicultural posibilitadora de diversidades se opaca. La aplanadora normativa está acá, y siempre es acá.

Hay una método referente que creo conviene tener en cuenta, algo así como: ¿Qué opinaría el catolicismo más ortodoxo al respecto?  En caso de compartir argumentos y correspondernos moviendo la cabeza gesticulando mutuamente un “sí” afirmativo y en señal de concordancia, capaz convendría rever nuestra postura y razones. Si el conservadurismo y el afán por perpetuar a las cis mujeres a la sujeción fuerzan argumentos en determinada dirección, espero nosotres tiremos a favor de la otra, pretendiendo no consolidar polaridades privativas sino ampliar las alternativas y posibilidades.  En serio, ¿no nos parece gravísimo que nuestro análisis sobre la pornografía, el trabajo sexual, la educación sexual, converja con las conclusiones de la Iglesia Católica? Perseguimos mismos fines con quienes nos mutilan la multiplicidad.

Estamos presenciando con cuánto fervor se obra en pos del asesinato de la diferencia, o de les diferentes. Creo es una buena excusa para satisfacer de sentido la existencia de ser minoría, hacer fuerza por convertir el ser indígena en realidad inteligible, el ser afro en cuerpo habitable, el hacer pornografía en decisión autónoma, que nos haga sentido el ser trabajadora sexual y feminista (o que no nos haga sentido ninguna relación laboral).

Cuán identificable la superficialidad, cómo cuela el ser, cuán fácil nos controla con esa carita blanca, ese cuerpo heteronormado, la actuación exacerbada y el discurso esvástico saturado de hartazgo anti-nosotres.

Homogeneizarnos, cortar anhelos nacientes, complacer la configuración hegemónica, qué duro sentirnos saciando el hambre de los dominantes, trocando derechos por cámaras de vigilancia, calle por aislamiento, originalidad por uniforme, democracia por Bolsonaro. Nos distraemos y se fusionan poder político, partidario y religioso, una patada de derecha nos interpela, nos está lastimando.

Podemos reducir el significante al significado mainstream, o sabernos porno. Hay cuerpos como el tuyo y como el mío gozando (y no leyendo esto), hay risas como factor primario del polvo, panzas llenas de  besos que duelen en la gordofobia, música, poesía, penes chiquitos que te identifican y desinhiben, o no hay penes pero sí penetración, o no.

Al imaginario pornográfico patriarcal lo denunciamos como a toda manifestación de su violencia e imposiciones heterosexistas capitalistas que nos explotan, pero no reduzcamos la existencia del porno a ellos. Jamás defenderemos la cosificación ni la reducción de las mujeres a contenedores impersonales, ni de penes, ni de hijes.

La subversión en el campo de la sexualidad debemos asumirla y disfrutarla en muchos ámbitos: postporno como frente de una lucha estructural. Porque cogiendo también se deconstruyen binarismos, roles, expresiones, identidades; porque cogiendo también deshacemos el género.

Si el conservadurismo acapara terrenos inabarcables depende de nosotres para producir, reproducir, y forzar la cohesión del paradigma averiado que defiende y cada vez nos resulta más atemporal. La comprensión mutua a la hora de compartir argumentación, la reciprocidad, la creación compartida es una respuesta fuerte y, tal vez, estamos anulando la posibilidad con un prohibicionismo de legados moralistas que no hemos logrado interpelar.

Redacción

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