Obligados a no olvidar

Obligados a no olvidar

Las calles respiran soledad, los que caminan ni se miran, los saludos se pierden y la apatía se contagia más rápido que una gripe de invierno. Los ruidos de motores ensordecen, la garúa intermitente moja los lentes de aquellos pobres destinados a ver la vida a través de un cristal. El 27 de Junio hace frío, son las siete de la tarde, la ciudad se antoja más gris que de costumbre y se cumplen 44 años del golpe de Estado en Uruguay. Los hijos se convirtieron en padres y madres y los suyos en abuelos o están muertos, la ciudad cambió. La amnesia se instaló como una aplicación de celular y hablar del pasado reciente se convirtió en cosa de algún bicho raro que quiere vivir en el pasado.

En la distancia se diferencia a los que se niegan a olvidar. Los que se agruparon bajo la consigna de hacer callar las voces militares (militares que quisieron homenajear a Gregorio Álvarez), apostados sobre la calle Luis Morquio en el lado izquierdo del obelisco, parecen una masa homogénea. Pero por dentro, sin embargo, se agrupan distintos sentires ideológicos así como reivindicaciones, están los marchantes solitarios, algunos integrantes de “madres y familiares de uruguayos detenidos y desaparecidos”, la agrupación de “plenaria memoria y justicia” y el centro de estudiantes de la facultad de ciencias sociales, entre otros.

El primer paso se da pasadas las siete de la tarde, ya es de noche y el cruce entre Bv. Artigas y 18 de Julio está congestionado de vehículos. Los pocos caminantes son recibidos con bocinas y puteadas sin fuerza. Producto de las tres pancartas que cortan la mitad de 18 de Julio, la marcha queda dividida. Encabeza la que pide callar la voz de los militares, seguida a unos metros por la otra. Entre éstas, a los laterales, dos pancartas reclaman que el golpe fue cívico-militar y que hay más de 600 cómplices. Por último está aquella que apunta contra el capital.

Las vallas amarillas que bordean el Círculo Militar separan la indignación del afuera y la seguridad del poder que tienen los de adentro. La penosa agonía del que no olvida y quiere hacerse escuchar, que promulga que hay que gritar y hacerse sentir, para demostrar que las logias militares, las injusticias, los muertos, los torturados y los desaparecidos, no se olvidan, queda ahogado por las bocinas tal vez de un Chevrolet, de un Fiat o de un Suzuki. La espada de Damocles hecha indiferencia, cayó sobre los congregados.

Un laberinto de calles le sigue, Pablo de María hacia Colonia, mano izquierda hasta Arenal Grande y ésta última a Eduardo Victor Haedo. Las caras tapadas y los sonidos de los sprays machacando paredes, se hacen comunes. Los cañones y el mármol blanco se dejan ver, la Escuela Nacional de Operaciones de Paz espera en silencio. El grito de “alcahuetes”, rompe. Sobre la calle República, ironía urbanística si se quiere, se encuentran, tras vallas, cinco policías armados con escopetas y escudos. Metros más adelante frente a la entrada del edificio, cinco más; y en la azotea observan y sacan fotos otros tantos. Ya sea por la estupidez de creerse invisibles en la oscuridad, o en un intento sin disimulo de presión, pero se sabe, las sombras miran y se sienten.

Después de que varios se elevaran frente al micrófono, enfilan hacia la explanada de la Universidad. Ya no hay caras tapadas y la marcha se empieza a desarticular. Los que arriban se van agrupando, no queda agua en los termos y las botellas están vacías. Se genera un cruce de palabras cuando se niega la entrada a la Facultad de Derecho, que sesionaba sobre la Participación Pública Privada en el Hospital de Clínicas.

De forma esporádica, los caminantes son absorbidos por la rutina nocturna de un martes. Aquel de cara tapada ahora habla por teléfono sin preocupación, sobre la escalinata de la facultad. Antes de ser una fecha olvidada guardada en el cajón hasta el año que viene, antes de que quede solo el recuerdo de los 44 años del golpe militar, todavía en la noche quedan efectivos cuidando la valla en Eduardo Victor Haedo, feligreses limpiando los escritos en la fachada de la Iglesia Universal del Reino de Dios y la policía científica fotografiando los vidrios destruidos de un edificio.