No te desesperes, Dr. Pérez Pérez

No te desesperes, Dr. Pérez Pérez

Alberto Pérez Pérez fue abogado, Decano de la Facultad de Derecho, Asesor Jurídico de la Universidad de la República, catedrático en Derechos humanos y Derecho internacional público. También supo ser docente de derecho latinoamericano en la Universidad de Dallas, Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, esposo, padre, abuelo y bisabuelo. La Baraja recuerda al abogado fallecido el pasado sábado 2 de septiembre, con una entrevista en toda ley.

Tose y esnifa su nariz. Su edad es su chiste recurrente. No usa lentes. Su cabellera totalmente blanca tiene algunos mechones que intentan con desgano ser grises. Manchas marrones rodean su rostro y calvicie. En el patio del Anexo de la Facultad de Derecho los estudiantes lo saludan, amablemente les responde. Los presenta y recuerda el nombre de todos. Al comenzar a hablar, resalta sus logros académicos, el orgullo o su baja estatura lo hacen erguirse y acomodarse sobre la mesa.

“Tuve una infancia feliz. Una buena enseñanza primaria, fui un estudiante modelo, del liceo también. Sin embargo, entré a la facultad y me costó adaptarme. El primer año siempre es difícil.”

—En 1994 se creó la cátedra de Derechos Humanos en la Facultad de Derecho. Usted fue y sigue siendo el director. ¿Qué es lo necesario para enseñar derechos humanos?

—Para enseñar derechos humanos tenes que querer a la gente, sino… dedícate a otra cosa. Cuando empezó la materia, dije que tenía que estar a cargo como también del Instituto de Derecho Constitucional, no me hicieron caso. Entonces comencé a dar gratuitamente un curso de Derechos Humanos, siendo profesor de Derecho Constitucional.

—Cuando se dio el golpe de Estado en 1973 usted era decano de la Facultad de Derecho. ¿Cómo fue llegar a ese cargo y luego ejercerlo en dictadura?

—Primero fui decano interino, desde enero hasta abril. Cuando el anterior decano renunció me dieron el cargo, después me eligieron. Pocos querían llevar esa responsabilidad. Había gente que nos quería liquidar de inmediato. Teníamos relaciones curiosas con el coronel Bolentini. Era ministro del Interior y abogado. Fue un período de relaciones peculiares.

—¿Curiosas?

—Antes de asumir como decano fui asesor jurídico de la Universidad. Y en el año 1968, cada vez que entraba la policía a la Universidad tenía que haber un abogado representando a la Universidad y, por supuesto, un abogado de parte del gobierno: Bolentini.

—¿Fue peligroso para usted?

—Una vez recorrimos el predio de la Facultad de Química con Bolentini. Estaba tranquilo porque era una de las facultades más calmas. Hasta que en el salón gremial de la Facultad había un cartel que decía: “Compañero, si te llevan preso no te desesperes, llama al Dr. Pérez Pérez”. Bolentini ordenó: “Saquen fotos, es muy importante”. Sentía que el nudo de la corbata me apretaba cada vez más. Por suerte, al final aclaró esa urgida importancia: los jóvenes no han perdido la fe en el derecho.

—¿Cuando usted fue decano, Bolentini fue ministro de Interior?

—Sí, lo íbamos a ver con el rector (Samuel Lichtensztejn). En una de esas reuniones Samuel Lichtensztejn me dijo: “Los milicos son como las llantas Funsa, sin cámaras”. Muchas veces nos apuntaban con armas, era dura la cosa.

—Sin embargo, todas las autoridades universitarias hicieron una marcha.

—Sí, no fue lo más prudente pero estábamos enojados. Nos reunimos todos los consejos de las facultades en el Paraninfo y salimos a marchar cantando el himno. A los altos como Lichtensztejn le pegaron en la espalda, a mí que soy bajo me pegaron en la cabeza. Fue molesto porque me pegaron por la espalda. Sin embargo, a pesar de que el honor dolía, llegué a casa con hambre y pedí sopa.

—Tiene una familia grande, de seis hijos, siete nietos y un bisnieto…

—Sí, somos muy unidos. Tengo una hija fallecida, pero que fue abuela y me dio un bisnieto que salió fanático de Nacional y de Lucho (Luis Suárez), por suerte.

El humor le sirve como método de evasión. Algunos transeúntes ríen familiarizados.

—El siguiente tema es la unión de su familia, la compañía en la nostalgia y el exilio.

—Todo empezó en un Congreso de Estudiantes de Argentina que organizaba la Federación de Estudiantes Universitarios de Argentina. A mí me eligieron dentro de todos los decanos para acompañar a dos estudiantes. Viajamos el viernes, lo de la bomba de Ingeniería fue el sábado y, finalmente, la intervención de la Universidad el domingo . Llevaron presos a los decanos y al rector.

—¿Su familia estaba en Uruguay?

—Sí, y me dijeron que me quedara acá, porque si regresaba caía preso. Mi primera reacción fue hacerme responsable y regresar a Uruguay. Pero tenía cinco hijos a quienes mantener.

—Y vivió con ellos en Buenos Aires…

—Al principio habíamos decidido soportar la separación, hasta que no pudimos más. Me contrataron en la Facultad de Derecho de Buenos Aires. Hasta que se dio el golpe y echaron a todos los extranjeros. Comencé a trabajar en periodismo.

—Igual ya había trabajado en el semanario Canelones…

—Ah, pero eso es de la prehistoria. También trabajé en Acción, pero no eran actividades remuneradas. En casa me rezongaban: “Perdés el tiempo con eso”. Sin embargo, aprendí y después me sirvió.

—Usó el oficio para mantener a su familia en Buenos Aires. Después ganó un concurso de traductor en las Naciones Unidas.

—Cuando gané ese concurso salvé a mi familia de dos formas: nos puso a salvo de la inseguridad y económicamente. En Buenos Aires subían los precios dos o tres veces al día. Con mis cinco hijos y mi mujer nos mudamos a Estados Unidos. Allí me contacté mucho con frenteamplistas, aunque no tengo fotos ni nada que lo verifique porque en el trabajo no me dejaban participar de otras organizaciones.

—¿Cómo fue volver al Uruguay?

—Estábamos muy bien en Estados Unidos. Nos adaptamos todos, mis hijos mayores hasta se peleaban en inglés. Pero mi esposa y yo queríamos volver. Me fui con mi señora y mi hijo menor de vacaciones al Pinar, y en el aeropuerto me esperaban con una propuesta: volver a ser decano de la Facultad de Derecho.

—¿Tomaron la decisión de volver a Uruguay entonces?

—No de inmediato. Lo pensé, aunque el plazo que me dieron para hacerlo fue de unos días. Pero sí, volvimos y me reintegré a la Asesoría Jurídica de la Universidad. Además milité para el referéndum de 1980. Fue una etapa muy preciada en mi vida. Trabajé tanto en el referéndum que mi hija menor me preguntaba: “¿Cuánto te pagan, papá?”. Le tuve que explicar que era por pura convicción y amor por la causa. Estuve desde que empezó la juntada de firmas y allí conocí a Tabaré Vázquez y a Mónica Xavier. Con ella la amistad duró toda la vida. Fue una época especial.

—Realizó mucha difusión por los medios televisivos.

—También escritos. Es más, para el semanario Búsqueda me hicieron una entrevista sobre los datos de la recolección de firmas. Al finalizar el periodista me preguntó: “¿Puedo poner su nombre?”. Le contesté que no lo iban a dejar, pero que yo no tenía problema. Se indignó, me dijo que era un periodista independiente de un medio independiente. La noticia salió sin mi nombre, y dictaba algo así como: “Alto representante de la comisión pro referéndum”.

—Ganó el voto verde y en 1989 no se anuló la Ley de Caducidad. ¿Se legitimó la ley?

—Quedó como que se legitimó. Pero la voluntad mayoritaria del pueblo era anularla si no se toma a los indiferentes como incidentes.

—¿Cómo fue trabajar en la Corte Interamericana de Derechos Humanos?

—Trabajé seis años. Las víctimas sienten allí que es la primera vez que son escuchadas.

Critica, sin separar sus palmas de la madera lustrada de la mesa, a la Comisión para la Paz. También hace lo propio con la Ley de Caducidad. Sigue, sin embargo, haciendo chistes: “Te metiste en algo que no suponías: hiciste hablar a un abogado”. Su última anécdota hace envejecer, por primera vez, su rostro. Narra un 2012 no tan alejado. Está en el palco del parlamento reservado para los jueces de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

“Nada más lindo que ver a un presidente tupamaro pedir disculpas frente a los militares por los horrores que cometieron”.