La rabia se ha vuelto lucha

La rabia se ha vuelto lucha

Ni una menos: miles de personas marcharon en Montevideo para denunciar la violencia machista.

En un pequeño almacén de la calle San José, Maximiliano un afanoso estudiante de leyes, muestra todos los dientes y descansa su cuerpo contra la desvencijada reja de la entrada, mientras disfruta de los placeres de su cigarro. Un ínfimo instante luego de haber escuchado las palabras “Ni una menos” pareció divertirse con la idea de una movilización que repudia la inercia de la sociedad pero que desde su perspectiva, no alcanza estabilidad ni cambios perceptibles que eviten la muerte.

  • ¿Qué vas a buscar ahí? ¿Pedirle al estado que consolide una ley? Suerte con eso.

Resultó irónica entre la mezcla de risas de la cajera y el joven que terminaba de consumir los últimos vestigios de nicotina, la idea del Estado conjunto, disuelta en su mera apatía y un aparente cansancio ante la reiterada denuncia feminista. El jugueteo pícaro un tanto infantil y despectivo de su conversación, resonó incesante en varias preguntas tan similares al bombo que sonaba un par de cuadras a lo lejos pero que gritaba y reclamaba en otra dirección.

***

El frío no sacude los cuerpos a pesar de ser acunados por la noche, es sábado y también es Junio. Los bajos del bombo y el repiqueteo del redoblante son quienes marcan la convocatoria. En cada golpe y cada sonido resuenan las preguntas.

¿Quien es el Estado? ¿Es la tipificación en una ley la solución?

Para que una onda de sonido se propague cualquiera sea su dimensión es necesario que el medio contenga tres virtudes: ser elástico y de esta manera sujeto a cambios, considerarse masa en toda su plenitud y por último contener como sustancia la inercia.

De la definición al hecho. La relación del medio social y quienes lo interpelan, son sonido e instrumento. Para que el estruendo del bombo y sus declaraciones llegue a todos los tímpanos es necesaria la adhesión, es necesario hacerlo vibrar para luego escucharlo ; el sonido por sí solo no se difunde y no puede evitar que las mujeres mueran.

Mientras que el ruido repiquetea entre los edificios y conversa con el bombeo del pecho, las que deciden marchar gritan a todo pulmón, “¡Para que el dolor se vuelva rabia, la rabia se vuelva lucha y nuestra voz, grito!”.

La voz encontró el mismo poder de propagación que el instrumento musical, se tornó pujante y decisiva durante este último siglo. Apretándose entre manos y abrazos como lenguas de fuego y ceniza, se han desarchivado las brujas que intentaron ser quemadas, se desarticularon los cuerpos proscritos que han padecido la infinitas formas y lenguajes de la violencia y se gritó por las mujeres que han muerto desde siempre, por simplemente ser, por querer decir y no poder.

La fuerza feminista ya conoce el camino a recorrer. En el transcurso del año la calle ha sido intervenida, tomada con rabia, grafiteada y transitada por los gritos pujantes que denuncian el patriarcado, la ideología de la casa de Cristo y la insípida antipatía de la sociedad que ha creído y gestado la idea de que todo se torna un modismo de hashtags. Que los golpes no parecen ser tan duros y quienes se buscan un aniquilante destino son las propias víctimas.

Desde los inicios en el caminar se tejen las historias. 18 feminicidios consolidan la lista de brutales asesinatos de este año perpetrados todos ellos por armas de fuego, armas blancas, estrangulamiento y una mezcla purulenta de celos, fuerza y poder. Adjudicados por la represión y por el estado que a todos compete y que convalida la violencia machista una y otra vez.

La marcha es marcha y las manifestaciones se atraviesan. En la mezcolanza de fríos crímenes y los cantos que los denuncian, se siente la rabia como impulso. Gritan por lo alto en un mismo desgarro, a todas las ex- parejas, posesivos, violadores, profanadores de metas, fieles desarticuladores de familias que hoy han quedado truncas y desnudas.

Los nombres de las que ya no están o de aquellas que no marchan por estar presas se disuelven entre el cúmulo. Pareciera ser que las muertes se intensifican y se propagan pero recién desde el año 2012, Uruguay lleva un conteo estadístico de muertes de féminas y antes de ese año -varias e incontables-, también morían de la puerta para adentro, en sus propias casas y en manos de un vínculo afectivo descarrilado.

La visibilidad de casos ebulliciona y el crecimiento de las denuncias ajusta los números a considerar en cada historia, para hacer frente a la problemática, para “reformar” en la cárcel a los culpables, para adornarlos con una tobillera de dudosa implementación, para penar la muerte antes de impedirla.

Pero en el año 2015 la policía recibe una denuncia de violencia doméstica y dos años más tarde el denunciado, policía y velador de la seguridad ciudadana, se cuelga la placa de homicida y termina con la vida de Valeria Sosa. La comparsa de la que participaba pierde una bailarina, dos niños de 7 y 10 años pierden a su madre y parte de la sociedad pierde las esperanzas en la policía y sus estrategias para hacerle frente al trance.

Intervención tras intervención las mujeres se auto-organizan en contra de la legitimación del pensamiento machista y la ineficiencia de las estrategias políticas. Tras las proclamas con más o menos texto las voces convocan a la unión, a la propagación del mensaje en la lucha por el derecho de ser mujeres libres, autónomas de su propio cuerpo, lejos de pensarse como mercancías, lejos de evocar territorios dominados o explotados como los que transitan Ronnan y Pepeu Gomes, dos comentaristas de la prensa online que decidieron fomentar tiempo después de la marcha la automática e inexplicable solución de “romper las cabezas para que se aprenda a no tratar mal a las mujeres y evitar las marchas para no incitar más muertes”.

“Son tiempos de rebeldía” definen los labios de quienes han llegado al final de la marcha y leen al unísono la proclama que invita a disolver los miedos, a potenciar las resistencias y encontrarlas como aliño inherente contra la resignación. Con solo 16 años una mujer evoca un nombre, relata una historia y un final que no quiere repetir. Su voz resuena en todas las vivas y en su compromiso incansable, en sus puños en alto, en una red que se abre paso entre historias espeluznantes que se repiten una y otra vez, que piden ser vistas para ser revertidas, que piden ser esclarecidas y no olvidadas.

El bombo parecía sonar aunque la marcha hubiese terminado. Como una energía difusa y latente, la rabia entraba y salía por la narices de quienes marcharon y volvieron a sus casas. No muy lejos de la explanada de la Facultad apurado y desaliñado, caminaba un joven a quien no le importó la intervención ni la organización del movimiento feminista. Entre el mejunje de rabias distintamente intencionadas y totalmente contrarias, el transeúnte se permitió conectar con los ojos de una mujer y balbucear:

  • ¿Qué te pasa si te agarro a palos?

La conexión con las pupilas pareció existir en lo que dura el chasquido de un encendedor. Intimidado por la mirada e imposibilitado de mantenerla, desorbitó los ojos a medida que se separaba del encuentro. Se alejó en el arrastre de su calzado y levantó la primera piedra que vio en el camino para tirarla luego en su máxima expresión de violencia, tan libre de pecado, en su rabia mal direccionada a un sistema marginal tan pobre de valores, del que él inconscientemente, también es parte.

       

Ver la cobertura fotográfica: