La familia del siglo XX

La familia del siglo XXI

“Estereotipos de géneros” dicta, la guía de educación sexual para maestras. La razón por la que se encuentran todos frente del Ministerio de Educación y Cultura. “Los estereotipos de género inciden en las expectativas, comportamientos y creencias de los sujetos acerca de lo que se espera para las mujeres y para los varones”, se explica la guía hecha por Gurises Unidos.

La manifestación y su rígida masividad es el fin en sí mismo: los uruguayos, los patriotas, los normales heterosexuales, los paladines de la familia, están juntos para decir lo que el sistema educativo les enseñó. Repiten lo que sus abuelos, abuelas, madres, padres, maestras, profesores y los aparatos pedagógicos de la comunicación les dijeron sobre lo correcto y lo incorrecto. Sobre sus falos céntricos y sus vulvas relegadas, sobre la madre ama de casa y sobre el padre laburante.

Nadie fuma. Ni la señora que posa sus brazos sobre los hombros de su hijo, ni aquellos que tapan sus cuerpos con la bandera de Uruguay,ni la joven que tiene en brazos a su bebé. Recorre en cada uno de sus gestos, en cada animoso saludo, en el unísono “A mis hijos no los tocan” y en las banderas escritas que se agitan como hélices, una profunda certeza.

La congregación tiene en promedio 50 años. No hay ansiedad. Seguros, registran con su celular una molestia que parece simpatía. No hay indignación entre los cánticos. Es que su sistema de creencias, por primera vez, se cuestiona en la guía de la educación sexual. “Amor, estoy acá luchando por tu educación”, le dice una madre a su hijo.

Dos mujeres se suben a la tarima y un hombre arenga a la masa. Las familias, las madres con sus hijos, los padres con sus boinas, los amigos que se saludan y las mujeres de risa tonta, arden “A mis hijos no los tocan”.

El bombo no para de sonar, la vuvuzela acompañante tampoco. Un viejo Uruguay se despierta, aquel forjado en el mundial del 2010. El fanatismo se incorpora a los chiflidos y a las exclamaciones.

El hombre pregunta al público:

“¿Escuchan, los del fondo escuchan?”

“Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.

“Buenas noches, Uruguay”, escupe la primer oradora al micrófono. Las exclamaciones y los chiflidos se mezclan. El mensaje es claro: “la laicidad del Uruguay es cuestionada por la ideología de género”, la frase se mete en los oídos, se acompaña con palmas. “Quieren adoctrinar a nuestros hijos, dicen que la identidad de género se construye con las experiencias diarias, pero nuestros hijos ya nacieron con una identidad”. Su indignación incrementa al comentar que en la diagramación de la guía habían “ dos estudiantes y ningún padre”

Un hombre emocionado balancea a una beba en sus brazos. “Con mis hijos no se metan”, repite mientras la niña está al borde del llanto. Pero el patriotismo no es individual y la familia no es una. Pequeñas experiencias se repiten: mientras cantan dos hombres filman su propio rostro, un par de mujeres arrullan a sus hijos e hijas pequeñas con tristeza y otras, las más apartadas de las masas, prolijas, maquilladas y vestidas con ponchos, se ríen en todo momento.

Alejandra, la segunda oradora, “tía de nueve sobrinos”. Cuestiona: “¿Cómo le vamos a enseñar a nuestros hijos que un adulto no puede tocarlos, si les decimos que es natural que entre ellos jueguen a tocarse?” Y agrega que a diferencia de lo que sostienen algunos psicólogos “no elegimos ser mujeres u hombres, ¿cómo vamos a ser otras cosas?”

“No”, brama un hombre. Y se renueva el cántico.

Como está acordado la autoconvocatoria enfila hacia la ANEP, pero al final la marcha se bifurca, un grupo se encamina por la derecha y otra por la izquierda. El destino es confuso. Pero “las selfies y los hashtag” que recomendó el arengador se rehacen al unisimo. Sin órdenes, sin fin propuesto, la alegre multitud camina cuadra y media. El patriotismo se desenvuelve con demoras, una mujer canta el himno hasta que todos se unen.

La bofetada ya está hecha. Las bocinas de las motos y de los autos acompañan.

¿Será que en la pregunta de los oradores se encuentra la verdadera solución? Si aquellas clases bajas, altas, medias, ¿escuchan?. Si el mismo hombre que se tilda de “no ideológico” participó de la marcha de los valores, en contra de la homosexualidad. Y si ahora la vocera acompañante empaña la visión de los oyentes “nos expresamos, pero no en un discurso de odio” ¿No será que existe una necesidad de empañar visiones?

¿Los contenidos vanos, las moralinas insensatas, las exclamaciones novelescas, la felicidad y su escozor consumista, la identidad y su biología, le están ganando al razonamiento?

El pensamiento crítico no solo es desplegar pancartas, incrementar el grito, llamar a la verdad divina. Es, también, descubrir la diferencia entre una vagina y una vulva, entre el sexo consentido y la violación, entre el conocimiento de los cuerpos en el desarrollo de la sexualidad y la pedofilia, entre una educación para personas pensantes y una educación para niños sin poder de decisión. Porque aunque exista o no Dios, aún hay hombres, mujeres, niños, niñas, trans, sufriendo. Incluso en las aulas.

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