Intimidad de los parques

Intimidad de los parques

Comenzó Tres Flechas, un ciclo de música y poesía en el Parque Rodó

Las bandas integradas completamente por mujeres no abundan en el mundo. Tampoco en Uruguay. Por tanto, un evento que abre con una fecha completa de música hecha por mujeres –y en conjunto, que cantautoras solistas sí hay bastantes– es ya un evento distinto. La propuesta se anuncia sin estridencias: no hay una consigna explícita, sino una decisión concreta asumiendo el escenario.

En la convocatoria  hay una palabra -y por tanto otra decisión- que parece corresponderse con la anterior: aunque podría ser un “festival” con todo derecho, Tres Flechas elige llamarse “ciclo”, e invitar al público a llevar almohadones para sentarse en el suelo. Cuando uno llega al Pabellón de la Música del Parque Rodó y lo ve iluminado por lámparas de madera, con pantallas tenues y otoñales, y escucha el latido de un bombo y el vuelo de una limpia voz de mujer, la estética se vuelve coherente, conforma un temple sereno y el parque –esa amplitud– se vuelve íntimo.

Tres Flechas se presenta como un ejemplo del potencial enriquecedor del fenómeno migratorio, pues la mentora y principal organizadora del ciclo es chilena, tiene 25 años y hace cinco que vive en el país.

Eloísa Casanova estudia antropología y trabaja en un colegio, pero dice que su corazón, “aunque suene muy hippie y muy cliché, está vinculado a este tipo de cosas”. Eloísa conversó con La Baraja sobre la organización del evento.

– ¿Cómo surgió la idea de un ciclo de música y poesía?

– El ciclo se viene gestando desde febrero. Surgió por la inspiración del lugar, en un día de caminata por el parque. Se lo plantee a la gente de Mundo Pedal –el parador junto al lago del parque- y me dijeron que presente un proyecto. La idea tiene un antecedente bastante claro en Maple, un ciclo que organizamos el año pasado con Flacker Power Producciones, en el que se conjugaba música con distintos lenguajes artísticos como poesía, danza y teatro. Nos juntábamos en un living o en la azotea de alguna casa. Ahí se nucleó un grupo de amigos que hace tiempo venía con ganas de hacer cosas y habilitar nuevos espacios, porque teníamos nuestras propuestas creativas pero el circuito no estaba tan disponible. Entonces dijimos: “en vez de esperar a que alguien nos invite a tocar vamos a hacerlo nosotros”.

Eloísa Casanova, organizadora del ciclo Tres Flechas.

Pero en Tres Flechas hay mucha más gente involucrada. La mayoría son grandes amigos que se coparon con la idea y están dando todas las manos del mundo. Nace de la necesidad de generar espacios para propuestas artísticas de gente que está haciendo cosas hermosas y que tienen que mostrarse. Y no solo con un afán de diversión. Yo creo profundamente que el hecho de construir nuevas fantasías, nuevas subjetividades y nuevos imaginarios, permite transformaciones bien profundas. En ese sentido, hay una intención política bastante clara. El permitirse imaginar y generar nuevos insumos para ficcionar otras realidades es absolutamente necesario y es políticamente transformador. Esa es la intención fundamental del ciclo.

También creo que la poesía es un lenguaje muy rico y es una herramienta que no suele tener muchos espacios. Por eso la necesidad de que fuese un ciclo de música y de poesía, creyendo que en el encuentro de estos dos lenguajes pasan cosas súper mágicas. Para mí el domingo pasado tuvo algo de eso. Además, es importante en nuestras intenciones, utilizar espacios de la ciudad que estén bastante deshabitados. Montevideo tiene un montón, y queremos empezar a usarlos y darles vida. Nos gusta hacer cosas en espacios públicos, gratuitos y que ya están en la ciudad, como forma de reimaginar el escenario social.

– ¿Cómo es la dinámica organizativa?

– Todas las bandas que participan son parte bastante activa del proyecto. Los que estaban dando una mano el domingo pasado son algunos de los que tocan este sábado. Nadie gana plata con esto. Con la gorra se cubren los gastos y lo que se recupera va para las bandas o los poetas. Es un proyecto colaborativo y hecho a pulmón.

– ¿Por qué el nombre Tres Flechas?

– El nombre se refiere a la idea de recibir un flechazo, un impacto, algo que te transforme y permita la producción de un discurso imaginario distinto que te lleve a crear y entender el mundo desde otro lugar.

– No es frecuente ver dos bandas de mujeres en una misma fecha.

– El hecho de que fuesen solo mujeres la vez pasada fue bastante azaroso. Cuando elegí la programación pensé: “Quiero que estén estas dos bandas y me gustaría que estuviesen juntas, porque manejan una estética similar, las dos recién están arrancando y son muy jóvenes. Y después dije: “¡Qué viaje, van a abrir solo mujeres la primera flecha!”. La verdad, no fue pensado, pero me encanta que se haya dado.

– ¿Qué podemos esperar para las próximas flechas?

– Las próximas propuestas son re variadas. El próximo sábado viene gente de Colombia. De La Plata, Argentina, viene una chica que hace algo más rockeado, tipo folklore-rock. Va a estar Limpiando Encontré Monedas que son unos genios y son de acá. El siguiente sábado también hay una propuesta distinta. La idea es transitar por una línea más o menos común, pero con muuuuchos matices.



Hoy a partir de las 18 hs., nuevamente en el Pabellón de la Música, abrirá Limpiando Encontré Monedas junto a Leticia Carelli (Colombia) y cerrará María Lucía Gaviria (Colombia). El sábado 28 a la misma hora, viajará la última flecha del ciclo, con Maleza y Diego de Ávila & Martín Cerisola.



Continuidad de las bandas I

La primera flecha estaba prevista para el sábado 7 de abril pero la lluvia obligó a posponerla. El domingo 15, aún no se había puesto el sol cuando empezó a tocar Animales de Poder, la banda encargada de abrir el ciclo. En escena, Agustina Santomauro en guitarra y coros, Eloísa Avoletta en voz y flauta y Julia Somma en percusión, ofrecieron un show orgánico y minimalista.

Las tres músicas se distribuyeron de forma amplia en el escenario, aprovechando sus dimensiones. También la guitarra acústica, la flauta y la percusión encontraron cada una su espacio propio, extenso y definido. Es que la proximidad implica una distancia, y la proximidad es el aire que respira esta banda. A contrapelo de las texturas densas y las exploraciones en el ruido, su música fragua una armonía diáfana sobre la que se proyecta una voz que sale del vientre como una flecha, y se lanza a lo alto, como buscando estrellas.

Esa voz –la de Eloísa– aborda tanto el canto como el habla poética, en general pausada, a veces susurrante, casi siempre intensa y poblada de imágenes. Apuesta por una dicción vocalizada que hace llegar con nitidez cada palabra y delimita con precisión los versos. Por momentos se amortigua en los coros de Agustina. Ambas son las creadoras de las letras (la música la componen todas en conjunto). El cuerpo de la banda está en la percusión de Julia, compuesta por redoblante, accesorios y un bombo legüero de frecuencias telúricas que estremecen en lo alto del abdomen.



Continuidad de las bandas II

Mansalva, la banda que cerró la velada, recorre un territorio similar, pero su formación es de cuatro mujeres. Tiene dos guitarras –una electroacústica y una eléctrica– a cargo de María Eugenia y Sofía Alves. El set de percusión de Eva Luna incorpora un cajón y un bongó. En su propuesta, la poesía también juega un rol protagónico, interpretada por la voz de Mika Echevarría y los coros de Eva Luna y María Eugenia, a veces cantando y recitando a contrapunto.

En su repertorio del domingo, la banda incluyó una canción llamada Idea, que musicaliza “Una vez”, un poema de Idea Vilariño. Fiel a su contundencia expresiva –“y no soy nada nadie / un pedazo animado / una visita / que no estuvo que no estará después” – la canción tiene cortes abruptos y cambios de ritmo repentinos que la banda supo ensamblar con destreza, demostrando un alto nivel de coordinación.

Pero también tocaron creaciones enteramente propias. Por ejemplo, La mujer tortuga, una suerte de fábula de mirada inocente sobre la extrañeza que puede producir la velocidad de la vida urbana. El público, sentado en el suelo frente al escenario, dejaba ir su semana en la noche el domingo.



Continuidad de las bandas III

(…) nuestros pensamientos se producen en un ámbito de nuestra intimidad que tiene calidad de silencio. (…) Pero todavía es más profundo el silencio en que se forman nuestros sentimientos”. Así dice el pianista que protagoniza La casa nueva, un cuento de Felisberto Hernández.

Al recordar un concierto que dio junto a un poeta, el personaje dice sobre su público: “Como en aquellos momentos no hablaban ni aplaudían, –ya que nosotros hacíamos los dos números sin interrupción–, a mí me encantaba verlos entregados a su ‘Silencio’; y como además, al pasar de la literatura a la música, se daban vuelta, parecían dormidos que cambiaran de posición”.

Tal vez hayan sentido algo así las mujeres de estas bandas, que cerraron tocando y cantando juntas entre los pilares casi centenarios del Pabellón de la Música. Para cubrir los gastos, se pasó una gorra y se colocó un cofre de madera del que se podía sacar, a cambio de la colaboración, una flecha de cartón. En su cola, cada flecha tenía algunos versos de las canciones de las bandas. El cronista sacó una al azar. Le tocó en suerte la estrofa que, minutos después, cerraría el concierto: “Escalofrío que recorre la dorsal espina / cuando la ola llega al vientre / cuando la hora del naciente se avecina”.