Experiencia eléctrica

Experiencia eléctrica

Con Bruno Acevedo que presenta “Ruido” en la sala Zavala Muniz, el 19, 20, 21, 26, 27 y 28 de junio.

Inumet dice que quizás la ola de frío dure hasta el domingo. Desconfío de los pronósticos. Siento que el invierno está ansioso y levantó la mano antes de tiempo. El café es otra cosa. Aquí se está a gusto. Está diseñado como una pecera. Afuera, la realidad desvergonzada de los árboles pelados, la puerta de un taxi abollado y los restos de una moto cortando el tránsito, el vapor de los transeúntes escapando de sus bocas. Dentro, la fauna hipster, un par de doñas estiradas comiendo pastafrola y unos jóvenes entrajados que hablan de negocios como si el mundo fuera un muffin. Suena algo de chillhop. Veo llegar a Bruno. Aún no me reconoció, prende un pucho y comienza a teclear rápidamente su celular. Me escribe en el chat del Face y luego por WhatsApp. Espero que termine de fumar antes de contestarle. Mi respuesta es una foto a través del vidrio, de un pibe de rulos castaños, campera verde y mochila negra. Al instante sonríe a la pantalla, levanta la cabeza y me busca. Rápidamente entra al local, nos abrazamos y pedimos dos capuchinos.

 

– No te han hecho entrevistas aunque sos uno de los directores de teatro más jóvenes del Uruguay…

– El tema es que el teatro de acá es re complicado porque hasta hace un tiempo había eso de escalar y le daban importancia a la gente que ya tenía trayectoria. Entonces esa cosa como elitista, que por suerte se está rompiendo, sigue aún presente. Está medio heavy. Igual, nosotros nos estuvimos moviendo un montón y ahora el finde va a salir una nota en La Diaria y cosas así. Tampoco es que la gente se interese. A su vez, hay algo transversal que es el mundial y nos caga. Todo el mundo está hablando del mundial, pero zarpado. Cada medio de comunicación que vas es mundial, mundial, mundial. Si ya en un momento común no le dan trascendencia a los espectáculos teatrales, ahora menos.

– ¿Hay otros jóvenes haciendo dirección teatral?

– Sí, obvio, el teatro es muy amplio. El tema es que es muy difícil visualizarse o ser visualizado en ese punto. Mucha gente que hace cosas está por fuera, es muy under o muy off. Ahora está la modalidad de hacer teatro en microespacios, tipo en casas, entonces claro, yo hago teatro, invito a diez amigos y queda ahí en lo micro. A la gente le interesa más que nada visualizar al que ya es seguro lo que hace.

– Teniendo en cuenta que no encontré mucha información sobre vos, tal vez te haga algunas preguntas un tanto obvias…

(Risas) Son las mejores

– ¿Quién es Bruno Acevedo?

– Qué pregunta… Bueno, Bruno Acevedo es alguien a quien de muy niño le encantaba contar historias e, inconscientemente, toda la vida estuvo buscando los medios para hacerlo y hace unos años le cayó el teatro en su vida y empezó a jugar ahí. Es eso. Uno de los tantos Brunos.

– ¿Cuál fue tu primera experiencia con el teatro?

– Mi primer acercamiento fue en bachillerato artístico donde tuve un profesor que me voló la cabeza. Se llama Santiago Sanguinetti y actualmente hace un montón de teatro y cosas que están muy buenas. Él cayó a la clase con un enfoque totalmente diferente a lo que todos conocíamos del teatro en ese momento o lo que podíamos llegar a estudiar. Empezó a poner ejercicios de dramaturgia y de dirección. En realidad, estábamos acostumbrados a que una clase de teatro era actuar. Entonces, en ese momento la cabeza se me dio vuelta y me di cuenta que todo mi tiempo libre para el estudio de doce materias, lo abocaba a cranear eso. Me preguntaba, ¿qué es esto? ¿por qué me llama tanto la atención? Ese fue mi primer acercamiento posta al teatro. También surgió que en el mismo semestre, Santiago tuvo que irse de viaje y cayó Germán Weinberg, que nos dio métodos de formación actoral muy buenos. Eran muy personales y se acercaban muchísimo al interés de cada uno. Al año siguiente fundó la escuela de teatro “Implosivo Artes Escénicas”, en la que actualmente estoy estudiando. Ese año fue el puntapié para decir “quiero hacer teatro”. De las dos maneras, ya sea escribiendo y dirigiendo o creando personajes y viviéndolo como lo viven ellos. Fue un descubrimiento zarpado.

– ¿De esos talleres nace “Ruido”?

– “Ruido” nació el año pasado. Terminé el liceo, empecé la FIC [Facultad de Información y Comunicación] y a su vez “Implosivo”, y de nuevo caí en eso de estar dándole muchísima más importancia y trascendencia a las clases de formación actoral que tenía en la noche que a la facultad en la mañana. Entonces dije: “Tengo que cortar con cosas que no me mueven”. Si bien siempre me interesó el lado audiovisual y la comunicación, mi atención y mi energía las ponía en otro lado. También salió el llamado de la nueva tecnicatura de dramaturgia [en Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático ] y era lo que necesitaba. Al ser por pruebas, me presenté con esperanzas re vagas. Sabía que estaba compitiendo contra cien personas y que muchas ya estaban recontra metidas en el espectro teatral. Y yo no. Yo era un pendejo que había salido del liceo hacía dos años. Resultó que me seleccionaron y, en el primer taller de formación dramatúrgica, en base a un  monólogo que había escrito hace unos años, desarrollé “Ruido”. Fue una escritura a full de tres o cuatro meses metiendo y salió. Eso fue lo inicial. Después, pintó escribir el proyecto. Sentí que tenía la necesidad de mostrarlo. Surgió un llamado del Centro Cultural de España para primeros directores, lo presenté y quedé. Es como todo ese viaje de visualizar y que pase.

– El apoyo de tus profesores fue clave

Organizamos varietés, cantidades de jornadas para juntar dinero, poder montarla, y ellos, desde el lado del amor y más abierto del mundo, me dieron todo su apoyo. Ya somos como una familia. Además ellos son personajes en la obra y es una locura estar dirigiendo a mis profesores.

– ¿Lo tenías previsto?

– No, se fue dando. Cuando empecé a escribir la obra, uno de los objetivos que nos había dado Luis Masci fue: “Ustedes no piensen en actores particulares, escriban pensando en personajes”. Desarrollé un montón de personajes sin saber quién iba a actuar. “Si quedo, empiezo a buscar y veo”, pensé. Justo estos personajes coincidieron en que le gustaron a Germán (Weinberg) y a Ximena (Echevarría).

– ¿Cómo fue materializar el texto?

– Fue un proceso con bastantes altibajos. Se dio que los actores estudian y están en formación actoral igual que yo. En este proceso de una manera u otra, fuimos aprendiendo cómo manejar ciertos aspectos. Una de las cosas que siempre tuve presente mientras dirijo esto es la de matar al dramaturgo. El texto lo tengo pero si quiero lo puedo deshacer, si tengo que cortar algo para quede mejor lo corto, estando abierto y aceptando las propuestas de los actores. Si bien tenía una idea de cómo quería plasmar la obra, también deseaba que los actores construyeran, desde el lado que les copara y moviera, su personaje. Que encontraran una fibra en común entre el actor y el personaje y que explotara.

– También tenés una faceta de poeta

– Entre comillas (risas).

– ¿Cómo llegaste a integrar el colectivo “En el camino de los perros”?

– Por un compañero de dramaturgia, Sebastián Calderón, que pertenece al colectivo. Estábamos hablando en un momento y él me la tiró. Yo tenía escrita poesía pero como algo muy íntimo. Era una faceta que no pretendía mostrar ni me interesaba. Cayó Sebastián con la propuesta, me presentó a Hoski, él me pidió unos textos y se los mandé. Surgió eso. Hasta el día de hoy escribo pero más como diario íntimo, como algo personal y no con el objetivo de mostrar, a diferencia del teatro.

– ¿Qué tanto hay de poesía en el teatro o de teatro en la poesía?

– Creo que el teatro es poesía escrita, oral o física. No podría definir los límites entre el teatro y la poesía, entre lo que escribo y lo que hago, porque todo se va entrelazando. El acto de que alguien se está moviendo en cámara lenta por cinco minutos con un tema de fondo, eso es poesía para mí.

– Vos lo definís a partir del acto poético y no concibiendo a la poesía como algo meramente literario

– Desde un punto de vista literario, como dramaturgo me encanta. Mezclar esos dos mundos. De hecho, spoileando el final, “Ruido” termina siendo un gran poema.

– Volviendo a “Ruido”, la obra invita al público a ser partícipe. ¿Eso habla de cierta pasividad?

– Estamos en un momento donde el público necesita vivir experiencias y no estar tanto tiempo sentados enfrente a algo. Todo el día estamos encerrados en Netflix, viendo videos, entonces yo no voy a ir a encerrarme al teatro, a ver tres horas algo que está a cinco metros de mí. Me aburre. Me pasa también que la obra está basada en muchas experiencias que he vivido en las fiestas de electrónica y con un amigo que es dj. De hecho, es el que va a estar mezclando música durante toda la obra. Siento que está bueno que exista la posibilidad de que el público elija ver desde afuera o ser parte y vivir la experiencia desde un lugar más íntimo donde te puede pasar un personaje a dos centímetros, saludar o tocar. Creo que generaría otro impacto. A su vez, al presentarla como experiencia teatral lo que puede llegar a suceder es que la gente joven que no es asidua vaya y diga: “Esto también pasa en el teatro, qué bueno”.

– El fenómeno de la electrónica no ha tenido su lugar en el teatro

– Hay espectáculos de danza contemporánea que tienen más que ver con música experimental, pero una historia que surja dentro de una fiesta electrónica, una obra teatral, he investigado pero no encontré. Tal vez en alguna parte del mundo sí, acá no. Es un tema muy contemporáneo. Tengo una cantidad de amigos que están inmersos en ese mundo. Tiene sus pros y sus contras. En la obra, nosotros pretendemos hablar de las dos caras de una misma moneda: de la cara oscura que tiene en cierto punto y de la cara que está buena. No siendo pretencioso, o tal vez sí, quiero demostrar que la pastilla de éxtasis es una droga como la merca, como el tabaco, como el alcohol, como las relaciones difíciles… Uno de los slogans de “Ruido” es “¿cuál es tu veneno?”, porque nosotros generalmente en el día a día convivimos con un montón de cosas que son nuestro veneno. Ya sean situaciones, relaciones o sustancias, y sin embargo tendemos a vandalizar los actos que son mucho más explícitos, por ejemplo, “me tomo una pastilla de éxtasis o me fumo un pucho”.

– ¿Qué dificultades se presentan al momento de liderar un elenco?

Creo que una de las dificultades más grandes fue la de la comunicación clara. Como director tengo que ser muy preciso cuando pido algo al actor. Me pasa que pienso muchísimo en imágenes y muchas veces decía: “Pah, esta imagen es buenísima, desde afuera quiero poner a dos actores acá y dos allá”, pero ¿qué pasa con los actores? No son marionetas. Son personajes y necesitan un por qué, una razón para que sigan en un estado de sentimiento. Mucha gente dice que hay dos tipos de directores. Están los puestistas y los directores de actores, que se abocan más en el trabajo corporal de uno y están cinco horas frente al actor transmitiendo energía y herramientas para que esa persona en escena explote. Yo estoy en esa disyuntiva: ¿hacia dónde me quiero abocar? ¿Quiero hacer un trabajo más personal o algo más espectacular de puesta y de imágenes y no tanto de sentir? Pretendo hacer algo que tenga un equilibrio. Está bueno ver una puesta espectacular, pero si no te pasa nada por dentro, fracasó la obra. También es muy diferente ver una película o una serie al hecho de estar con una sola persona que te está diciendo algo. Psicológica y físicamente es otro viaje.

– Vi que la obra se está promocionando en Facebook y me gustó la frase final que te invita a verla: “Es como un viento frío que me lleva y me empuja sin que yo haga nada para detenerlo. ¿Es así? ¿Toda mi fucking vida va a ser así?” Entonces, la pregunta es, ¿cuál es el veneno de Bruno Acevedo Quevedo?

– ¡Esa pregunta! ¿Sabés que desde que pensé en el slogan me lo vengo preguntando? No sé. Si te digo la verdad, sigo investigando cuál es mi veneno. Me dejás en un ruido (risas).

– Para finalizar te propongo una serie de preguntas relámpago donde tenés entre 15 a 20 segundos para responder.

– Buenísimo. Dale.

– ¿Qué es lo más raro que tenés en tu cuarto?

– Un póster que arranqué de un libro de historia del arte. Es una pintura que me gusta mucho pero no sé el nombre. Simplemente me llamó la atención y está ahí.

– Si fueras un gato, ¿qué humano serías?

– Un siames. Mitad humano, mitad siames.

– ¿A qué escritor, vivo o muerto, retarías a un duelo de espada en un molino, al amanecer?

– A Bukowski. Con una botella de vidrio rota. (Risas)

– ¿Qué te destranca cuando estás trancado?

– Escuchar música.

– ¿Qué música?

– Últimamente a Cerati y me destranca. Me baja muchísimo.

– ¿Dónde esconderías un dinosaurio?

– En el galpón de mi casa, claramente. Es el lugar donde menos lo encontrarías. Hay cualquier cosa.

– ¿Cómo empezarías un película porno antes de las escenas porno?

– (Risas) Haría entrar a los actores en estado con una música determinada. Con algo muy patético, tipo “Chiquitita dime por qué”. Sí, les pondría eso.

Pablo y Micaela pertenecen a una familia de clase media en pleno conflicto matrimonial. En su cumpleaños veintitrés, Pablo invita a su hermana a una fiesta electrónica en algún galpón de la ciudad. Esa noche deciden tomar pastillas de éxtasis. Un productor corrupto y un periodista sensacionalista discuten toda la noche sobre su futuro. Dos jóvenes, un dealer y una cocainómana, enfrentan su mayor miedo: el no ser escuchados. Es una noche donde puede pasar todo o puede que no pase nada.

RUIDO – Ganadora de la convocatoria Noveles y Notables (2017) del Cce En Montevideo

Dramaturgia y dirección: Bruno Acevedo Quevedo
Actúan: Facundo Rojo, Ili Rama, Germán Weinberg, José Pagano, Ximena Echevarria, Federico Aineseder, Camila Friedrich y Julio Garay
Asiste la dirección: Luciana Bauzá Campodónico
Arte e iluminación: Alfonsina Fernández
Pincha en vivo: Nicolás Alvarez
Diseño de video: Mavi Parada
Diseño gráfico: Elisa Musso
Fotografía: Julieta Preliasco