El cliente que no tiene la razón

El cliente que no tiene la razón

Una vez se subió al auto de un tipo, trabajaba en la calle y era lo que había. La vida era eso: dedicarse a la diversión para olvidar. Se subió al auto, como lo hacían sus amigos, sus amigas. Algunos, pobres, la quedaban. Pero él subió igual, por adrenalina.

Que el conductor se alejara tanto del centro de Buenos Aires no le pareció preocupante. Los clientes siempre quieren que algún rincón los esconda. Llegaron a un monte. Que lo atara al árbol tampoco era distinto, a veces pasaba. Y si pasaba era más guita. Hay que comer, chabón, hay que comer.

Pero el tipo lo dejó ahí, atado, desnudo, como si él fuera poca cosa. No pudo ver la plata. A las dos de la tarde, el 13 de Octubre del 2015, Fabián lo dice un poco “rescatado.” La memoria lo deja como sobreviviente y ajeno a todo aquello. Es otro Fabián el que habla, es otro el Fabián que lo hizo.

Fabián es el joven de 21 años- ahora de 23- “carilindo y discreto” que describe el anuncio del Gallito. Sonríe. La elegancia de su peinado y su perfume dulce hubieran hecho enrojecer a cualquier modelo de Victoria Secret. La campera deportiva negra, un jean claro y unas zapatillas celestes harían del adjetivo “casual” una tímida vergüenza. Y su sonrisa grande y blanca, que resaltaba en su tez morena, serían el mayor propósito de cualquier odontólogo.

Sentado en un banco de 18 de Julio y Ejido, relata su vida. Nació en Posadas, Misiones. Vivió con sus abuelos hasta los 14 años. Su primera relación sexual fue a los 12 años, sin intenciones de tenerla; su primo lo violó. Al contárselo a su familia, por algún motivo que nunca preguntó, no le creyeron. Al siguiente encuentro con su primo, aceptó catorce pesos a cambio de repetir la experiencia. Experiencia que ahora, a sus 21 años, es trabajo.

Su celular interrumpe cada diez palabras. Pero se dedica a entonar mejor las frases, pierde la vista para encontrar la mejor palabra, se concentra en ser entendido y por esta vez no atiende.

Cuando decidió valorarse estaba en la calle. “Dios te ama”, le dijo esa mujer. Lo miró, le penetró el alma y “mi vida cambió”. “Dios me ama y te ama”, entona. Se señala el pecho, la alegría y la fé de ese momento trascienden el recuerdo. Luego miró a su alrededor para proclamar las palabras que aquella mujer le dijo: “Yo valgo algo”.

A los 18 años conoció a Viviana, una mujer trans del norte argentino. Ella le informó acerca de una forma de trabajar de la prostitución: transformarse en un “acompañante” y dejar de ser Taxi Boy.

El cliente pasó a ser solo una breve visita en la vida de Fabián. Una persona que llega a su casa y usa su cama, pero es él quien elige “con quién estar y con quién no”. Cuando termina de explicar esta nueva estrategia de trabajo, Fabián sonríe y repite “yo valgo algo”. Sacó de su mochila una Biblia roja y grande, para narrar algunos proverbios que lo llevaron a admitir su valía, junto a una canción que escribió sobre el amor que profesa a Dios.

A las tres de la tarde llega Viviana. “Los uruguayos son más lindos, desesperados y pagan más” , comienza. Sus primeras palabras, como todas las que dirá, salen disparadas velozmente. Su tono enérgico enfatiza las vocales, por eso la rapidez no es en ella un obstáculo para la claridad. Concisa, clara, enfática, habla energéticamente.

Hace dos meses llegaron a Montevideo. Viviana lleva puestos unos lentes de contacto color celeste, una campera negra y una cartera de cuero oscuro. Su pelo negro, recogido, deja entrever algunas canas. La tez blanca denuncia los rastros de una barba recién afeitada, como también el maquillaje que trató de ocultarla. Tiene 32 años, trabaja de la prostitución desde los 18. La decisión la tomó porque le gusta “el sexo y el dinero que es fácil y rápido”, sigue.

Viviana y Fabián, ven a un “chabón lindo” y lo comentan. Dicen que “es difícil dejar el trabajo”. Fabián desde que encontró a su Dios, quiere juntar plata y estudiar peluquería. Viviana, por su parte, estudió dirección de cine en una institución privada de Buenos Aires. Vivió algunos años en España y ahorra para volver a vivir allí con un amigo y profundizar sus estudios.

El tránsito de 18 de julio se hizo sentir: cuatro choferes enojados hacen arder las chicharras. Cuatro Cutcsas encabezan la batuta. “A Uruguay le falta un subte”, evidencia Viviana.

El celular de Fabián vuelve a sonar. “Recepcioná”, le pide a Viviana. Ella lo toma y sin quejarse se aparta. “1500 pesos la hora, venís al apartamento y ves si te sentís cómodo o no”, lanza otro claro bombardeo de enunciados. Fabián la mira vergonzoso.

El anuncio en el Gallito lo escribió Viviana, la más creativa de los dos, como concordaron. La estrategia dio resultados porque al diario “lo lee el rico, el que puede pagar o el del interior que viene a Montevideo de visita. Algunos te dicen que cobras lo mismo que un legislador.”

Su primera noche en Uruguay la pasaron en un hotel. El anuncio lo publicaron unas horas antes. Necesitaban 300 dólares para pagar la estadía. La primera llamada de un cliente, tal vez entre tartamudeos, pagó el dinero necesario. Su nombre no puede escribirse, ni decirse, lo más importante del negocio es conservar el anonimato del desesperado cliente uruguayo.