De esencia mágica

De esencia mágica

La conjugación de géneros hace del todo, del ahora, un conjunto que se antoja particular. Néstor Ganduglia es psicólogo egresado de la Universidad de la República, tiene un Máster en Educación Popular, co-creó y participó como narrador del programa televisivo “Voces Anónimas”, es escritor y se dedica, hace más de 30 años, a la investigación de los relatos de tradición oral mágica; aquellas historias que hablan de brujas, luces malas y lobisones y que bajo el tamiz de la academia no pasan el filtro de la seriedad. Pero en su oficina -revuelta de objetos con tintes mágicos y pilas de libros dispuestos sin orden- de la calle Sarandí, se dedica a romper con el juicio propuesto desde las antípodas de la racionalidad y a defender que los relatos que recoge son mucho más que un conjunto de historias más o menos pintorescas y folklóricas; “son un cuerpo de discurso popular, emanado de un complejo dispositivo de memoria colectiva, que da cuenta de los aprendizajes de cada generación, expresados en formas de historias”.

Los primeros acercamientos a las historias de tradición oral mágica los tuvo siendo un niño. Al visitar a su padre, capataz de una granja en Lascano, se colaba en las ruedas de los peones que en la noche, al volver de largas jornadas de trabajo, armaban rondas de mate y contaban unas historias que a Néstor le generaban un sentimiento peculiar, una mezcla rara de fascinación y miedo. Esas sensaciones lo marcaron de tal forma que buena parte de su trayectoria académica tuvo que ver con recuperar ese sentimiento que tenía de chico y procurar entenderlo.

En esa búsqueda de comprensión, comenzó a interesarse por las prácticas culturales de los sectores populares, por las costumbres, por las tradiciones y finalmente por la tradición oral, que fue lo que articuló todo un camino de pensamiento con sus vivencias en la infancia. En el proceso, se dio cuenta que aquellos relatos de los peones que no tenían la formación que él poseía, ni que habían tenido la oportunidad, muchas veces, de pisar una escuela, le dejaron un montón de enseñanzas, al punto de torcer el rumbo de su vida.

Es que para Néstor, ese conjunto de relatos transgresores de las leyes que usualmente regulan el imaginario de la realidad cotidiana, están justo en la esquina de la tradición y la experiencia particular: “Esto me pasó a mi o le pasó a alguien conocido”. “Estas historias han servido como herramienta educativa desde el principio de los tiempos y han sido el modo de construir una memoria colectiva”.

Sin embargo, la decisión de compaginar las experiencias de su juventud a las herramientas adquiridas en su formación académica, vino después. Cuando comenzó a estudiar psicología no sabía que ese era su propósito, “la psicología para mí fue la primera manera canalizar la locura de la dictadura. Yo era extremadamente pobre en toda esa primera carrera, la hice vendiendo revistas en los ómnibus y garrapiñada en 18 de Julio. A la vez hacía teatro de resistencia, tenía toda una militancia, pero era pobre y esa pobreza era parte de la dictadura”.

Lo vivido en esa época definió la primera tarea cuando se recibió de psicólogo, atendió gratuitamente a ex presos políticos. Después hizo talleres de teatro en los distintos barrios. Esas experiencias confluyeron en la decisión de formarse en educación y comunicación popular, y lo acercó a su deseo: “escuchar a la gente que se supone que no tenía nada importante que decir”.

Relato de atracción

La voz clara sigue el ritmo de las reglas propias del énfasis. La narración del relato personal, sube y baja de acuerdo a lo que evoca la palabra; si invita a reflexionar, es dicha de esa forma, si busca generar miedo, el habla se tiñe de un dejo tenebroso. Una pausa, antes de que el hechizo se rompa, sigue. Tiempo antes de ese exitoso manejo de los recursos orales, estuvo la escucha. En el comienzo su trabajo se centró en la acumulación de relatos y en encontrarles algún sentido, después, a través de esa comprensión, articuló la literatura oral como discurso, y de ahí construyó una metodología para la intervención comunitaria.

En 2001 su cara apareció en la tapa del diario El país. La atracción se dio porque enviaba a las radios grabaciones -hechas por él- con distintas historias, para que aquellos que se las habían contado las pudieran escuchar. Esa “fama” llegó hasta su lugar de trabajo y la respuesta del ámbito en el que se encontraba, no se hizo esperar. Quizás en la lógica del cuerpo que se trata cuando aparece un síntoma de enfermedad, “lo primero fue la pateadura en el culo”.

“Era responsable de una cátedra y de repente salí en los medios a hablar de fantasmas, apariciones, luces malas y lobisones, me querían comer”, la mayoría le retiró el saludo, otros le decían que si quería historias “de esas” se tenía que ir al campo, ante la pregunta del porqué, la respuesta asomaba condicionada: “mal o bien la gente que vive en la ciudad ha ido a la escuela”, le decían, “doble prejuicio”; primero, según explica, porque se cree que estas historias son producto de la ignorancia, y segundo que la ignorancia está en el campo. “Una expresión de la dominación en el ámbito cultural, que es manifestación de la del ámbito social, político y económico. Es un conflicto que se da permanentemente, pasaron dos décadas para que la gente del ámbito académico empezara a comprender algo de lo que estaba tratando de hacer”.

Pero además de esa manifestación de dominación, que para Néstor influye en el quehacer de toda la sociedad, los relatos también son producto de una relación histórica, social y política, ya que “en cada acto de narración y escucha, la historia se carga con la sensibilidad de quien la narró. Cuando ese proceso se repite cientos de veces, al escuchar esa historia viene implícita la sensibilidad de todo un barrio, de toda una comunidad”.

Por eso, el cambio permanente es parte de la dinámica natural de la tradición oral, aunque “si me meto tanto en el relato que termina siendo un relato mío, que no tiene nada que ver contigo, entonces no te va a producir ninguna movilización”. La clave se transforma en adaptar pero sin llegar a la esencia del relato, “porque sino pierde su capacidad de hacer vibrar y se extingue en el olvido”. Ese juego de adaptar y de combinar la experiencia personal al relato histórico, Néstor lo aplica en la conjugación de sus libros, en los que se ocupa de que las historias vayan acompañadas de producción conceptual. Todo ello con la finalidad de que el patrimonio cultural que constituye la tradición oral mágica “empiece a ser respetado, considerado y preservado como tal”.

Esa denostación que recibe la tradición oral mágica al ser considerada como mero cuento fantasioso, no se da solo en Uruguay. Conseguir su valorización “es la batalla todavía pendiente en el proceso de la conquista y su versión más moderna es este conflicto, entre racionalidad positivista dominante, necesaria para poder ocupar un lugar en la sociedad moderna, y el conjunto de valores que viene de la memoria, que es la que preservó a la comunidad. Ese conflicto se da en cada uno de nosotros, y lo que las historias mágicas hacen es movilizarte ese conflicto, lo redinamiza y te pone en duda”

El encanto de la caja

Las manos como complemento de la oralidad ayudan a remarcar una idea, escasean los movimientos innecesarios y se dilucida el trabajo para su control. Los ojos se mueven rápido y miran de forma profunda, si identifican en los otros el menor indicio de desatención, se fijan sobre ellos inmediatamente. Pese a los 30 años que lleva documentando relatos de toda Latinoamérica y a su archivo de 2500 historias grabadas en sonido, todavía está en proceso de construir un paradigma de la memoria, un modo nuevo de comprender su dinámica. Esa búsqueda no lo inmoviliza, ya que realiza charlas en liceos y trabaja con docentes para la inclusión de los saberes populares a la práctica del aula.

En 2006 lo visitó Guillermo Lockhart, para ese entonces ya había recibido muchas propuestas de hacer programas de televisión y siempre había dicho que no, “me dijo que quería hacer algo con lo que yo hacía, que estaba podrido de hacer estupideces en la televisión; me pareció que era sincero ese hastío y me conmovió”. Surgió así el programa “Voces Anónimas”, en el que Néstor participó entre los años 2006 y 2015.

“Nunca creí que el programa iba a tener la penetración descomunal que tuvo, es impresionante el poder que tiene la televisión y reconozco que me abrió puertas, pero también fue una pesadilla, porque yo mismo estaba atrapado en las redes del mercado. Cuando quise acordar, Voces Anónimas iba transformándose en un programa de historias de terror. El día en que prendí la tele y vi que la primera historia era de platillos voladores, dije “ya está, hasta acá llegué”. Mi trabajo no es inventar miedos, sino difundir los instrumentos que los pueblos crearon para que podamos hacer algo con los miedos que ya tenemos”.

La magia de su relato, creada con las pausas y los distintos tonos de voz, con el acompañamiento de las manos y de la insistencia de los ojos, se rompe por completo al momento de la risa. Sus ojos, ahora cerrados, están fijos en el techo; las manos aplauden y se mueven sin control, su risa es continua y de tonalidad grotesca. La conjugación de elementos hacen del profesor narrador, de su magia, una historia más.

El cuervo: Paso de la Urbana

“¿Cómo que no conocés la estancia del Cuervo? Todito el mundo conoce la estancia del Cuervo, muchacho. Vos agarrás por la veintiséis derechito como si fueras a Tacuarembó, pero no, pasás el Paso de la Urbana y te volcás a la izquierda, viene a ser. Y ahí está. ¿Que serán? Tres leguas. Más no.

A mí me lo contó Luis Gama que es un muchacho de acá de Melo que es de lo más bien y no le anda mintiendo a nadie (…) me dijo que una vuelta lo contrataron de ahí, de la estancia esa, para arrancar con las reparaciones. Dice el Luis que ni bien llegó ya le impresionó. Que vos cruzás la portera y ahí nomás, en el frente, hay un cuervo de piedra gigante, del tamaño de un hombre por lo menos. Y te mira, dice. (…) te pares donde te pares, el cuervo te está mirando y parece que te vigilara lo que hacés.

(…) -Bueno, amigo: ¿se va a quedar a hacer noche ahí en la casilla del puesto? -le dijo al final el casero cuando ya empezó a quedar oscuro. El Luis le contestó que no, que para qué, que él se quedaba nomás ahí en la estancia. (…) fue y se armó cama ahí en uno de los dormitorios chicos que era el que estaba con menos escombros y mugre.

No le duró mucho la tranquilidad, porque parece que se despertó de un salto, otra vez destapado y con un chijete que entraba ni sabe de dónde. Pero no fue eso lo que lo despabiló. Fue el bochinche como de destartale de chapas y ruido de los metales (…) Se levantó, prendió la vela con la mano medio tembleque, paró bien la oreja y empezó a seguir el ruido y a abrir puertas en aquella enormidad de caserón. Y abre puerta y cierra puerta, y el ruidaje aquél cada vez más fuerte, hasta que al final abrió una puerta y el ruido paró. Dice que era un dormitorio grandote (…) Y en eso dice que se resbaló en un charco de una cosa viscosa que pisó y se cayó (…)

Dice el Luis que perdió la cuenta de las puertas que abrió y cerró (…) “Aquí la única forma que me queda es dormirse”, vio la botella de caña y se la empinó. Y no paró, un trago atrás del otro, hasta que la piecita aquella entró a dar vueltas, y al final el cuerpo se le entregó. Se vino a despertar con el sol alto y la cabeza hecha calesita (…) –Dejáte de joder -le zampó de una al viejo-. No me dejaste pegar un ojo en todita la noche. El casero no dejó ni caer una gota de agua del termo. Tranquilo, sin mirarlo, le dijo que usted anda muy confundido, compañero, porque yo dormí de corrido hasta el gallo (…)

Y así, lo fue llevando para el asunto éste del remate judicial primero, la ganga que se había comprado este hombre, y del otro, el señor Pedraza, que era dueño de antes y que nunca había querido ocupar la estancia, y eso que la tuvo añares hasta que se murió. Y le contó también que el Pedraza éste parece que la había heredado de un hermano que era creo que coronel de los colorados en la época de los líos y las revoluciones. Parece que en la estancia vivía la familia de un tal Alonso. La gente de la familia estaba sola una noche, porque don Alonso se había ido a la cuchilla con los blancos y lo habían liquidado en Arbolito, allí donde mataron también al Chiquito Saravia.  Y que cuando perdieron la batalla porque dice que el hombre cargó a sable con unos poquitos contra el ejército colorado entero, los colorados agarraron viento en la camiseta y fueron hasta las casas de varios oficiales blancos y pasaron a cuchilla a toda la familia, para que no anduvieran engendrando más blancos, dicen. Y así cayó aquí la partida. Eran cinco botijas, la mujer y una muchacha que los ayudaba (…)

Parece que cuando terminó la masacre aquella, al coronel le gustó la estatua del cuervo y mandó armar cuartel aquí, pero unos días nomás porque al final lo reventaron allá en Rivera. Y que le quedó la estancia al hermano, pero tampoco se quiso venir. Cosas de la guerra, ¿vio?, decía el casero viejo. –A veces, le terminó diciendo al Luis, cuando estoy aquí solo y veo al bicho ese que vigila en la entrada, usted dirá que estoy medio loco, pero me da por pensar que la revolución ésa no terminó nunca. Por lo menos, acá no”.

Fragmento del libro “Historias Mágicas del Uruguay interior”, publicado por Néstor Ganduglia en 2008.