Cuerpo a tierra

Esto no es un perfil

Cuerpo a tierra

Rodolfo saltó 283 veces en paracaídas en territorio brasileño cuando integraba el Comando Militar do Leste (CML) de Rio de Janeiro, pero a Uruguay llegó a pie y un poco a dedo. A diferencia de las otras veces, su aterrizaje número 284 sin paracaídas y sin técnicas de operativos protocolares, pretendía tocar tierra en un contexto no tan azaroso como su país. Más allá de las nuevas oportunidades o sus expectativas, el aterrizaje resultó un tanto sorpresivo e incierto.

Acto 1

– El aterrizaje 284-

Una decena de hormigueantes pies caminan en línea vertical por la vereda lindera a la Galería Del Notariado, pareciera que no son afectados por la gravedad pero si por el punto de vista. Con el cachete contra la baldosa y ante sus ojos pegoteados, no descansados, la ciudad late en su propio movimiento. Rodolfo todo estático amanece en la vereda, congela la imagen a medida que su visión -ahora como persiana a medio abrir- descubre lentamente la zigzagueante y rápida rutina.

Son las ocho y la escena periódicamente capturada se ha vuelto una serie de capítulos repetitivos durante varias semanas. Hoy no va en busca de comida del mercadito chino de la calle Colonia. Una changa otra vez cae de algún lugar, de algún contacto y por ahora le sirve. Hace menos de tres meses que el carioca vive en Montevideo y ante el apremio del tiempo se apura para tomar el ómnibus en la calle lindera a la plaza de los bomberos e ir a trabajar por jornal. En pleno barrio Prado, pinta y refacciona una casa por 600 pesos al día. Al momento, no cuenta con un espacio similar en donde dormir y establecerse; tampoco la cantidad de dinero que gana le da para pagarlo. Le ha sido difícil encontrar un trabajo estable y proyectar con ello; pero cualquier cosa es mejor que nada y volver a la incertidumbre que le provoca de Río de Janeiro, no es una opción.

Aun en su país y sin haber tomado la decisión de viajar a Uruguay, las tensiones políticas en Brasil parecieron catalizar. La destitución de Dilma Rousseff y la asunción de Michel Temer no sólo produjeron rápidamente una división del país por dicotomías ideológicas, sino también abrieron paso al estancamiento de las poblaciones en situación de pobreza. Como un germen que se mueve por contagio, las cifras de desempleo paulatinamente crecieron y como réplica, la inestabilidad social regurgitó en varias direcciones; en la falta de recursos, ausencia de políticas públicas, la flaca economía y la turbulenta inseguridad.

A pesar de que la situación se tornó cada vez más tensa y compleja al punto de obligarlo a dejar su ciudad, Rodolfo, ya en Uruguay y en perspectiva analítica, no deja de recordar las características que hacen de su país “un lugar paradisiaco”. Infinitas y espléndidas vistas desde cualquier morro, colmado de palmeras que desembocan en las penínsulas de aguas calmas del océano Atlántico o extensas e intensas ciudades en medio del calor rebosante. Voluptuosos y aceitados cuerpos que disfrutan del sol en aquellas playas y que al caer la tarde se quiebran sobre sí mismos, con un incesante dinamismo que la música del lugar les impregna. Pero todo el panorama que alude a un verano que dura todo el año no le da de comer. “Es todo muy hermoso pero de la belleza no vivo” y así, sin más que con un simple argumento sistémico y la búsqueda de oportunidades no tan hostiles, Rodolfo tomó sus cosas, se separó de su familia y se vino hacia el sur.    

 

Acto 2

Antes de saltar-

Cuando la ciudad escupe de las esquinas, de estrechas oficinas o de viejos edificios, gente con tiempo para distender o hacer una pausa dentro del itinerario de la rutina, la Plaza del Entrevero se enciende en su propio nombre. Algunas veces, en esa mezcla producida por el encuentro poco premeditado de sus visitantes, la plaza parece el escenario indicado para algunas interacciones un tanto sorpresivas y del todo anecdóticas.

Ya era de noche, la fuente no funcionaba o estaba apagada. Un par de artesanos vendían piedras preciosas en el murito lindero al restorán de la plaza y los transeúntes pedían una “fuerza” o una hojilla para el armado. Allí junto al monumento, en aquel mejunje de lucha que mezcla caballos, indígenas y gauchos de bronce, estaba Rodolfo. La cabeza rapada a gillette, las orejas pequeñas cuasi pegadas, unos aparatos viejos y rígidos sobre los dientes y una barba corta y desaliñada. De cara al encuentro, las luces de la plaza delimitaron su cara ante la petición de un trago de cerveza y una ínfima interacción en esa circunstancia.

Podría haber sido cualquiera o uno más de quienes piden por un trago de chela, el tabaco, la moneda y siguen su vida por otro lado, otra calle. Pero tenía un ambiguo portuñol y las intenciones de no incomodar con el pedido. Entre el trago de cinco minutos y la charla, se quedó tres horas y quizás, si hubiese optado por seguir, sería inexplicable el entrevero que Rodolfo resultó ser un tiempo después.

El portugués salía de su boca junto con la saliva, al principio a medio ritmo pero un rato después interactuaba con cierta comodidad adquirida. Al hablar de su vida y escarbar un poco en la historia, se soltó. Antes de mostrar el simulacro de salto con un paracaídas, contó que llegó por tierra.  Abandonó su ciudad, atravesó Gramado y decidió cruzar y mezclarse con aquellas cosas a los que no estaba acostumbrado.

76 kilómetros recorridos a pie desde el amanecer al segundo crepúsculo en el cruce de fronteras. Su primera interacción uruguaya se dio por la sed producida luego del largo trayecto recorrido. Una noche de asilo bajo un camión, agua, abrigo y la cena, hicieron que su arribo se amenizara. Pero desde el interior del país hacia la capital, la hospitalidad y bienvenida se complejizaron en la burocracia. En medidas de receptividad y pertenencia, el registro como ciudadano aplica la lógica del documento; en la calle y el día a día, la lógica parece reducirse a la primera impresión.

Rodolfo recordaba que en las favelas de Río de Janeiro las apariencias ponderaban. Lo importante allí era verse poderoso sobre una moto veloz y nueva, que las cadenas brillaran en el cuello y que las ropas dijeran aquello que el dinero lograba simbolizar en deseo, estética e inclusión social. Aquella sensación visualmente dibujada en la superficialidad de ser con lo material lo separaba como hombre importante o al cual había que respetar. En Montevideo las cosas resultaron al revés, la apariencia o todo lo que podía delimitar su aspecto, tendía a la exclusión. Generaba tensión al entrar en algún local del centro o desconfianza al pedir para pasar al baño en los restoranes de la calle principal.

Luego de un riguroso entrenamiento militar, que incluía descargas eléctricas en cabeza, cuello y lengua como práctica ante la posible tortura, creyó estar preparado para cualquier acontecimiento. El comando Militar do Leste perteneciente a la primera división del Ejército, con sede en Belo Horizonte y Rio de Janeiro, entrena personal en contribución a la defensa de la patria desde 1946. Pero Rodolfo, incitado por el carácter riguroso de su familia, lo integró como paracaidista en el periodo del 2001 al 2003. En aquellas peripecias militares, disfrutó de la disciplina más que cualquier técnica de desarme o ejecución, las instrucciones de entrenamiento y los saltos desde el cielo a miles de metros del suelo tantas veces como se lo permitieron.      

Pese a los tres años de servicio e incontables misiones, sus intereses e inquietudes corrían en otra dirección. Desde muy pequeño logró explotar y compartir el arte que portaba. Montó su primera obra de teatro a los 12 años y jamás se olvidó de las líneas. En 1991 sus dotes para la actuación le acreditaron un papel de extra en “Amazonia”, una comedia con orígenes en Red Globo, la poderosa televisión de Brasil.

Su voz fue el motor para tener un espacio en la radio y allí, algunas veces metódicamente preparado, otras hijo de la improvisación, generaba un producto de entretenimiento que incitaba a debatir -sobre todo a los jóvenes- en temas de actualidad o todo lo que aludiera a conocerse a sí mismo dentro del imaginario colectivo. La destreza como locutor rápidamente lo convirtió en la voz publicitaria de la compañía de telefonía móvil Claro, para la que Rodolfo realizaba cortos spots que luego se vendían por radio o televisión.

Como en cadena, lo que vino después fue un revoltijo de trabajos. Servicio de mozo, bartender, guardia de seguridad, obrero. De cada trabajo rescató un aprendizaje pero no fue suficiente para asegurar su estadía en Río, ciudad que lentamente fue limitando y disolviendo las oportunidades laborales para los habitantes que sucumbían a los conflictos políticos del pais.

Acto 3

– Sobrevuelo- 

De la calle empapada, un pucho a medias para fumar. El cielo se raja en dos y en la intendencia la gente mira raro. Rodolfo no ha dejado de moverse y de explotar las ideas en su pensadero, pero materializar el dinero aun no es preciso. En el entrevero de mirar, enjuiciar sin saber y determinar sin empatizar, evoca en su relato un episodio un tanto “incómodo” cuando lo invitaron a retirarse de una de las franquicias de Burger King; por creer que se duchaba en el baño del local, por sus ropas, por su barba a medio cortar.

Creyente en la biblia y con la certeza de que Dios está en todos, desde la empatía busca las maneras de entrar en el sistema. Sabe que todo funciona como una gran red, lo importante de existir en la calle y de modo online en internet. Entiende que para formar parte necesita comprender bien el idioma, un celular, y un lugar donde pueda dormir de manera permanente.

Tiempo después y poco a poco, fue tejiendo contactos. Asistió a clases de español en la Facultad de Humanidades, creó su propia cuenta de Facebook y en la feria de Tristán Narvaja consiguió un celular para comunicarse en las plataformas de trabajo a las que había aplicado y la gente con la que había podido trazar relación desde su llegada al país.

Se mudó de manera cuasi permanente a un refugio cercano al Nuevo Shopping  al que a veces llegaba a tiempo y otras no conseguía hacerse del talón que le permitía la entrada. Esas otras oportunidades en las que tuvo que dormir en la calle nuevamente, fueron el puntapié para conocer el movimiento social. Se convirtió en militante, esta vez de la calle; marchas contra la privatización del agua, alertas feministas, concentraciones por los derechos y equidad de los habitantes y cualquier otra aglomeración que estuviera a fin de pronunciarse.

Le sobraban las ideas para la reinserción, le faltaban los medios, las inversiones y los espacios. Vender comida y conseguir bajos precios de la materia prima, tocar la guitarra en ómnibus o en plazas, Rodolfo nunca dejó de buscar una vía, una cuerda por la cual tirar. Como una acción constante de transformar, al igual que un transeúnte que revuelve un container en busca del desecho ajeno que bajo su mirada quizás se coma, se venda o abrigue, comenzó a registrar y compartir todo lo que vivía, convirtiendo lo padecido en situación de vida; una historia más en la compleja realidad de sus 40 y largos años. De esa manera, encontró la clave para acercarse, difundirse y expresarse.

En una de esas noches de callejear y escabiar sin horarios, conectó involuntariamente con alguien a quien no le importó si su realidad era de las tantas crudas. Le robaron todas sus pertenencias, la mochila con la cual se movía por la ciudad, su ropa limpia y el celular que lo conectaba. Con 1023 personas en situación de calle sólo en Montevideo, el encuentro no deseado cristalizó la posibilidad. Con un brazo quebrado, poca movilidad y unos pocos comprimidos de ibuprofeno como resultado, Rodolfo intentó nuevamente desde cero entrar al sistema que a veces lo absorbía y otras lo escupía sin pedirle permiso.  

Acto 4
-El cielo en red

Los dos últimos encuentros con Rodolfo fueron domingo. Sonaban tambores pero su incertidumbre bailaba un ritmo más lento, aunque igual de ruidoso. Parecía estar cansado en el vaivén de las oportunidades o hastiado de no encontrar la forma de entrar a la red de interacciones, o al menos de entender cuáles eran las puertas que se lo permitían.

Dentro o fuera, la bisagra entre las esferas sociales y el sistema que las construye resulta un pantano. La línea de reglas, su burocracia y práctica, han materializado esas puertas por las que se ingresa o aquellas que jamás se abren; lo determinaba Rebellato en alusión a los pliegues de la sociedad y su interacción como manera de construirse identificarse y ser.

En la intención de ser incluidos o al menos encontrar un vericueto en ese sistema, un grupo de 80 personas en situación de calle comenzó a utilizar, en diversas modalidades, las instalaciones de la Facultad de Ciencias Sociales a fines de abril. Algunos solo pasaban el rato allí hasta que el refugio abría sus puertas, aprovechando la red de wifi gratis para entretenerse o buscar trabajo, otros simplemente padecieron su situación habitual pero dentro de una institución pensada para otra población.

Ante lo complejo que resultó mantener el idealismo de “puertas abiertas”, el decano, Diego Piñeiro, solicitó ayuda al Ministerio de Desarrollo Social (Mides) que funciona a dos cuadras del la Facultad, pero que hasta el momento no se había enterado de lo que sucedía. En tanto, los estudiantes se pronunciaron a través de un documento como sugerencia a las medidas que fueran a tomarse y el carácter inclusivo de estas, por referirse a un esqueje de la sociedad “históricamente excluido”.

“En 12 años hemos sido taca, taca, taca”, admitía Ana Olivera ante el cuestionamiento de un vecino del barrio Pocitos, en una reunión del comité del Frente Amplio de Trouville a principios de agosto. El cuestionamiento se direccionaba sobre las políticas públicas para revertir y destejer los conflictos que llevan a varios a elegir la calle, pero la subsecretaria del Mides jamás explicó cuáles eran las vías.  “Hoy tiene otra forma -la indigencia- y tenemos que buscar cómo resolverlo. No tenemos que acostumbrarnos a que existan personas en la calle porque por eso somos de izquierda” y “el 70% de las personas que viven en la calle vienen de una “vida de institucionalización”, fueron las declaraciones que continuaron el sustento argumentativo del incremento “visual” de la población en conflicto, y se redujeron a la estigmatización de la poblacion en situacion de calle a “ex reclusos” y “ex adictos”.

El frío paraliza los cuerpos en el edificio central del Banco República pero ninguno parece ser el del ex paracaidista. Se ha convertido en un lugar popular para las personas en situación de calle, por contar con un doble techo que los ampara; pero aunque residan a sus puertas, es un sistema económico que no los sostiene ni tampoco los incluye. En los últimos meses, Rodolfo perdió visibilidad en las calles de Montevideo. Aunque luego de un tiempo, apareció un canal de Youtube con su nombre que contiene seis videos con las vivencias que le han tocado a lo largo de su estadía en Uruguay. Su último video publicado, en donde se lo ve como espectador en una demostración y simulacro del cuerpo de bomberos en Chile, marcó el aterrizaje 285 en otra tierra y otras redes por conectar.